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Milton Bell, con la casaca quilmeña
Milton Bell, con la casaca quilmeña

En el programa de ayer le dedicamos unos minutos a esta nota y la recomendamos a todo aquel que le llegue a interesar.

Realizada por el colega Ricardo Juan del Diario El Atlántico de Mar del Plata, y titulada “Regala el corazón”, en ella Milton Bell (ídolo de Quilmes y protagonista de su ascenso en el 98/99) no se guardó nada y habla de todo.

Aquí la tienen.. a disfrutar de un extranjero distinto que pasó por nuestro básquet, y por nuestra ciudad.

A los 40 años, el extranjero ídolo de Quilmes eligió Mar del Plata para descansar y reencontrarse con el afecto de la gente que lo adora. En un extenso mano a mano con El Atlántico, el “Rasta” relató su pasado reciente, explicó su amor por el “Cervecero” y admitió que sueña con el regreso

A los 40 años, Milton Bell está de regreso. Suspendió el básquet entre 2004 y 2009 para dedicarse al cuidado de su ser más querido: su madre Jean Bell. La acompañó hasta el final, sin soltarle la mano a pesar de las múltiples ofertas para volar y desarrollar la profesión que le da de comer. Hoy, a punto de terminar 2010, el estadounidense es un hombre distinto al que se fue de Quilmes en 2003 tras terminar su segunda etapa en el “Cervecero”. Su última experiencia de vida le permite valorar lo que en algún momento supo cosechar por su conquistador carisma y sus dotes de basquetbolista extraordinario. Disfruta del cariño de la gente en Once Unidos, firma autógrafos y accede a cuanta foto se le solicite.

Volvió al país de la mano de Mauricio Santángelo y fue campeón de la liga de la Asociación del Valle Inferior, en Atenas de Carmen de Patagones. Su recorrido continuó en San Martín de Marcos Juárez en el TNA, por pedido del entrenador Mariano Aguilar, hasta que fue “cortado”. Allí se dio el gusto de encabezar un campus al que concurrieron más de 200 chicos. Hoy, como él mismo dice, deja su futuro en manos de Dios y sueña.

Mientras descansa en Mar del Plata, Milton habló con El Atlántico a corazón abierto. Se lo regaló a quienes aún lo recuerdan como héroe de viejas hazañas deportivas. Y no se animó a cerrar una puerta que parecía sellada: “Es un sueño ponerme la camiseta de Quilmes otra vez”.

-¿Por qué elegiste Mar del Plata para descansar?

-Es un lugar que conozco bien. Mar del Plata siempre me dio una sensación de paz y yo cuando no estoy jugando o entrenando quiero paz. Para mí no hay como Mar del Plata, con su mar y la gente que me da tanto amor.

-Estuviste casi seis años sin jugar al básquet antes de volver a la actividad.

-Sí, seis años, desde 2004 que no jugaba. En ese año, yo fui a Estados Unidos de vacaciones y, dos semanas antes de regresar a jugar, en septiembre, mi mamá se cayó y se quebró la cadera. Le pusieron seis clavos y fue todo un proceso con el tema de la cirugía. Esto fue en Richmond, Virginia. Ella en esa época era muy grande y, como yo era único hijo, la responsabilidad cayó sobre mis hombros. Yo amaba a mi mamá tanto que dejé el básquet. No quería saber más nada con el básquet y, para cuidarla, decidí desenchufarme del básquet completamente. Así pude darle todo lo que ella necesitaba. Mi mamá siempre me insistía: “Andá a jugar, yo voy a estar bien”. Pero ella tenía 75 años y la gente que me conoce, sobre todo la de Quilmes, sabe que mi mamá era todo en mi vida. Para mí esa decisión fue muy fácil: la mamá primero. Después se verá el básquet. Entonces me desenchufé… no sabía nada de básquet en absoluto, no hablé con ningún club en donde había estado ni me interesé en las universidades, nada. Aprendí mucho de mí mismo en el día a día, yo tenía 33 años en esa época. El básquet para mí era todo, pero había que tomar una decisión y hoy por hoy estoy muy contento por haber hecho lo que hice. Porque el año pasado se murió mi mamá, y viéndolo como lo veo ahora, me da gusto haber tomado esa decisión. Es algo que me deja dormir tranquilo a la noche. Saber que estuve con ella hasta el fin y que dejé todo por ella como siempre. Cuando ella vivía dejé todo para ella, entonces hoy por hoy, que soy mucho más adulto, puedo vivir en paz sabiendo que cumplí mi rol como hijo.

-¿Y entonces cómo se dio la vuelta al básquet?

-Me llamaban todos los años y yo no quería saber nada. Siempre me llamaba un amigo mío de Canadá, un entrenador argentino (NdeR: Alejandro Hasbani). Me llamaba todos los años para jugar para su equipo y yo le decía que no podía por lo de mi mamá. Pero cuando ella murió, el me llamó y me dijo: “Ahora no hay más excusas”. Entonces fui. Yo en los últimos años cambié mi estilo de vida a partir del yoga y además me empecé a cuidar en las comidas. Por eso no me costó tanto volver, porque yo entrenaba como si siempre hubiese estado jugando. Fue muy fácil para mí acoplarme al equipo (NdeR: Québec City Kebs). Y hoy por hoy estoy jugando y viajando por el mundo con otro estilo de vida.

-¿A qué se debió ese cambio?

-Hace 10 años que empecé yoga. Cuando estuve en Quilmes estuve tomando clases de yoga acá con una profesora muy buena. Siempre seguí haciendo yoga porque es una manera de cuidar el cuerpo. Y todos sabemos que para jugar al básquet hay que cuidar el cuerpo. Entonces el yoga me ayudó al igual que cambiar mi dieta. Dejé de lado las frituras. Y mi manera de pensar cambió para bien. Creo que con los años se crece físicamente y mentalmente.

-Tenés dos hijos.

-Sí, tengo dos hijos: Devin, de 14 años, que vive en Estados Unidos; y Maximilion, que tiene 11 y vive en Venezuela. Ambos son hijos de distintas mujeres. Los dos quieren jugar al básquet, pero yo quiero que ellos estudien. Igualmente, el básquet es una manera muy linda para cuidar la familia y yo quiero que ellos tomen sus decisiones. Si quieren jugar yo puedo ayudarlos porque algo sé de básquet. Y como papá me da gusto que quieran seguir el mismo camino que elegí yo. Mi hijo más grande está jugando en la secundaria (High School) y el más pequeño acaba de empezar en una escuela de jugadores de básquet en Venezuela. Los dos están metidos en clases de básquet y, como siempre les digo, no hay tiempo para más nada. Si vos querés jugar, tenés que entrenar. Y así completás tu día. Me parece bien y creo que es una manera para que ellos puedan encaminarse. Ellos saben que cuando quieran un consejo, papá siempre va a estar.

-¿Tenés contacto seguido con ellos?

-Sí, hace seis meses que estuve con mi hijo de Estados Unidos; y ahora después de fin de año voy a ver a mi otro hijo en Venezuela. Siempre jugamos al básquet, hacemos uno contra uno y ¡los mato! (Risas). Les juego a morir, palo y palo, para que aprendan. Es lo que te decía antes, uno con el paso de los años ve las cosas de otra manera. Y con los hijos soy mucho más feliz ahora que antes cuando estaba viajando y tenía que cuidar a mi mamá. Son épocas. Yo a veces me pongo contento porque siempre me acuerdo de donde vine. Y eso me sirve para disfrutar la vida que llevo ahora. Uno siempre tiene que recordar de donde vino, pare entender donde está ahora.

-Viajaste mucho en tu carrera y, como la mayoría de los basquetbolistas, no has tenido un lugar fijo para vivir. ¿Hay alguna ciudad en la que te instalarías definitivamente?

-Yo tengo mi casa en Estados Unidos, en Richmond, Virginia. Pero el otro día les contaba a Oscar Rígano y a Sergio Guerrero (NdeR: directivos de Quilmes) que, de todos los años que estuve en Quilmes, esta es la primera chance que tengo de conocer bien Mar del Plata, como una persona normal. Antes era diferente para mí. Porque, al entrar a Once Unidos, siempre lo hacía con la camiseta de Quilmes, como jugador. Y ahora llevo dos o tres veces yendo como hincha. Y yo soy uno de los más grandes hinchas de Quilmes que hay. Entonces, que la gente me de tanto amor al entrar y que la gente y los chicos me griten y me abracen como lo hacen, es una manera distinta. Cuando vos jugás no lo sentís de la misma manera, porque estás tan metido en lo que pasa en la cancha que ni te das cuenta lo que pasa con los chicos arriba de la tribuna. Por eso estar acá en Mar del Plata devuelta para mí es un regalo. Cuando estuve seis años sin jugar, esto que hice en los últimos meses de ir a entrenar, era un sueño para mí al igual que estar acá. Yo pensaba que no iba a tener tiempo de volver a jugar al básquet. Al estar hasta los 39 años cuidando a mi mamá y luego de seis años de retiro, es normal que uno piense que no va a volver a jugar. Pero cuando me llamaron de Carmen de Patagones fue un sueño para mí por el hecho de volver a entrenar y levantar pesas. Te miento si te digo que no pensaba en el básquet. Hasta dejé vencer el pasaporte, porque sabía que me tenía que hacer fuerte si me llamaban para poder seguir cuidando a mi mamá. Esa fue una de las maneras para no poder salir del país.

-Entonces Mar del Plata no parece una mala opción para el futuro.

-La verdad que si tengo que elegir otro lugar para vivir afuera de Estados Unidos, ese es Mar del Plata, sin dudas. Porque yo no puedo entender cómo me quiere la gente acá. Hasta ahora no lo entiendo, no se qué hice para que la gente me quiera tanto. Realmente no lo sé, pero estoy feliz de haber hecho algo. La gente me dice que no soy como los otros americanos, pero yo en realidad no me doy cuenta. Yo soy Milton nomás. No sé cómo son las otras personas. Y hoy, a los 40 años, sigo igual: conmigo es blanco o negro, no hay intermedios. Creo que eso lo aprendí de Papá Rigano, él me enseñó mucho.

-Siempre lo llamás “Papá Rigano”…

-Sí, así lo llamo yo porque es como un papá para mí. El me ha cuidado tanto…También Sergio (Guerrero), y me contaron que hace poco se murió Eduardo Gelpi. Entonces yo quiero mandarle saludos a su familia, una muy buena familia. Él fue una parte del equipo de directivos, como ahora Sergio y Dani (Cotignola). Todos eran un equipo y esa gente me enseñó que las cosas son así: blanco o negro. Papá Rigano me decía: “La plata va a estar el 10”. Y la plata estaba ese día. No hay remedio, es blanco o negro. Por eso aprendí mucho en mi tiempo acá y, cuando estuve en Estados Unidos cuidando a mi mamá, tuve tiempo para reflexionar. Me parece que la mayoría de las cosas las aprendí de la gente de Quilmes.

-Así como para vos es difícil entender cómo la gente te quiere tanto, tampoco resulta sencillo entender que un extranjero se identifique de esta manera con un club, sin haber jugado demasiadas temporadas en el equipo.

– Creo que la gente entendió que yo amé la camiseta, que la transpiré para el club y para que los niños vengan a saludarme. Es algo que me pasó así, yo nunca sentí el amor por la camiseta que sentí acá. Yo tomo esto como un trabajo, voy a cada país un tiempito y me voy. Pero la experiencia vivida acá fue única. Yo fui campeón en otros países, pero la mayor alegría fue acá. Eso me ayudó a dejar una buena impresión en la gente. Pero es cierto, no es normal y no sé cómo explicarlo.

-¿Recordás la final ante Central Entrerriano, el triple en Córdoba tras secarte las suelas, los partidos ganados sobre la chicharra final?

-Sí, ese es mi sello. A mí me gustaría siempre tener la pelota en mis manos faltando poco para el final. Esa es mi manera y yo siempre pienso en positivo. En la vida hay que pensar así. Yo siempre quiero la pelota porque pienso que la voy a meter y que vamos a ganar. Si un jugador toma la pelota pensando que no la va a meter, ¿para qué la toma? Yo tenía un técnico muy bueno como el “Huevo” Sánchez. Si un técnico tiene confianza en vos, te hace el trabajo más fácil. También me acuerdo que, antes de los partidos importantes, Papá Rigano me llamaba a su oficina. Eso se da cuando tenés un jefe que tiene confianza en vos. Él me decía: “Che, esta noche tenemos que ganar sí o sí. Me lo tenés que ganar”. Y yo salía de la oficina motivado, con ganas de romper todo. Él hizo cosas importantes. Cuando me veía cansado por la cantidad de minutos que jugaba y el equipo debía viajar en micro a una distancia lejana, él me decía: “No te vamos a mandar hoy. Descansá y mañana salís a la tarde en un avión”. Yo estaba muerto y el podía mandarme con el equipo en un viaje de 15 horas. Pero como él es un hombre de negocios, tomaba esa decisión. Yo llegaba fresco y pensaba: “¿Cómo no me voy a romper el culo para mi jefe, cuando me da tanta confianza?”. Y así ganábamos.

-Ustedes lograron dejar a Atenas afuera de una semifinal por primera vez en la historia. ¿Recordás aquella serie, con el triple agónico de Matías Ibarra para ir a suplementario?

-Sí, claro. La gente siempre me habla de ese partido. Y en el último partido ante Bragado, el miércoles pasado, me quedé hablando con un señor en la cancha y me decía que todo el mundo recuerda el juego en Córdoba. Pero el partido que vos me decís, era decisivo en Once Unidos. Si no ganábamos quedábamos afuera. Y “Lata” en esa época era chiquito y estaba loco en la cancha. Los veteranos éramos Sepo (Ginóbili) y yo. Y veíamos el partido de otra manera. En cambio, “Lata” entraba enloquecido y tiraba cualquier cosa, apurado. Yo le dije: “Che, calmate, que vamos a ganar”. Era algo parecido a lo que me pasaba con Agustín Mengoni en el TNA. Yo le dije al “Lata”: “Cuando te la doy, tirá. No hagas más nada ni me la devuelvas. Tirá”. Y eso pasó en la última jugada. Yo había hecho un par de dobles y triples y ellos me estaban esperando a mí. Cuando estaban todos encima se la pasé a él y la metió. Obviamente sin todos esos compañeros yo nunca hubiera llegado a donde llegué. Todos sabemos que sin un buen técnico y sin buenos compañeros, uno no puede llegar alto. Obviamente que sin la hinchada tampoco, no hay otra igual. Uno ahora ve las cosas diferentes desde afuera de la cancha y presta atención a otras cosas. Ver a los pibes colgados del paraavalanchas, ¡al borde de caerse! Eso se llega a caer y es terrible lo que puede pasar. Entonces es una cosa que ahora veo de otro ángulo y me doy cuenta que ese chico está exponiendo su vida para alentarme a mí y a los jugadores de Quilmes. Están saltando sobre una barra, eso en Estados Unidos no pasa. Si yo no tenía la chance de volver a Mar del Plata, no iba a tener la posibilidad de volver a ver a los pibes. Cómo están colgados, gritando, y no paran. No paran de gritar y de saltar, es increíble. Por eso yo quiero mucho a la hinchada, a mis compañeros y a los directivos de Quilmes. Sin ellos yo no podría estar acá en esta nota.

-¿Volviste a hablar con alguno de los jugadores de aquella época o con el “Huevo”?

-Sí, hace dos semanas hablé con el “Huevo”. Eso es lo que tiene la tecnología de hoy. El Facebook me da la chance de contactarme con todos, algo que sin Facebook no podría hacer. Hablo con la gente de Mar del Plata y con la gente de todos los equipos donde estuve en el mundo. Ahora puedo mandarles saludos a todos. Otra cosas que me pasó cuando estaba retirado fue que vino mi hijo más grande a casa. Él, como todo pibe, está con el Facebook a full. Y me dijo: “Papá, la gente de Quilmes te hizo una página donde están todos tus fans”. Yo no le creía y le respondí: “Estás loco, debés estar equivocado”. Y me mostró la página, donde me buscaban. Me quedé leyendo los mensajes y no podía creer el amor que me tenían. Esa página que hizo la gente me ayudó mucho para regresar al básquet. Porque cuando uno siente que la gente lo quiere o que tiene un buen recuerdo de uno, es algo a favor. Cuando leí que le había dado tantas alegrías a la gente, eso me ayudó a regresar de a poco al básquet. Entonces, por esa gente, dejo todo.

-¿Soñás con volver a jugar un partido en Quilmes?

-(Se ríe) No sé si mi cara lo dice todo, pero es un sueño mío. Yo en mi casa de Estados Unidos tengo la camiseta de Quilmes, todas las fotos de esa época y posters. Tengo una oficina donde tengo todos mis trofeos y recuerdos, y las fotos de Quilmes me llaman de una manera especial. Tengo recortes de diarios y con mi hijo hicimos un book. Dentro de las fotos que elegimos, hay una que me sacaron en la sede del club, en la que aparezco sentado en la mitad de la cancha. Antes la media cancha era roja con el símbolo de Quilmes, y esa foto la veo todos los días. Es como que la tengo acá atrás (sonríe y señala su nuca). Yo cuando entraba a la oficina trataba de no mirar esa foto, porque me emociona y es doloroso. Entonces entro y automáticamente miro para otro lado (Risas). En serio te digo, no te miento. Es un sueño ponerme la camiseta otra vez. Yo quiero decirle gracias a Daniel Maffei, el técnico actual, porque es un gran técnico. Cada vez que lo veo me abraza, porque creo que él entiende. Tiene mucha experiencia en el básquet y sabe que no es normal que la gente quiera tanto a un extranjero. Él siempre me ayuda y siempre está positivo. Lo vi cuando jugaba en San Martín de Marcos Juárez y para mí fue un gusto. Porque la última vez que lo había visto fue cuando él dirigía Libertad de Sunchales y nos dejó afuera. Entonces fue difícil verlo porque aquella vez me quitó del camino, pero ahora soy un poco más grande y entiendo que esto es un negocio. Sé que Quilmes eligió un muy buen técnico para volver a la “A” y hay un muy buen equipo. Obviamente que a mí me gustaría regresar cuando sea, inclusive si tengo 50 años y puedo seguir jugando. Pero creo que hay un muy buen equipo.

-Mientras cuidabas a tu mamá, ¿trabajabas de algo o tenías resto para vivir algunos años sin trabajar?

-No, estuve todos los días con mi mamá. Siempre hacíamos todo juntos, fuimos al supermercado, dábamos vueltas, todo juntos. Gracias a Dios, Papá Rigano y la gente de Quilmes me cuidó tanto, que pude vivir seis años sin trabajar. Yo guardé plata y mi mamá siempre me ayudaba con eso. La gente grande es muy buena con la plata, nosotros los jóvenes somos muy malos. Yo acá siempre cobré toda la plata, al día, y por eso agradezco tanto, porque me ayudaron a cuidar a mi familia. Yo sin ellos no hubiera podido dejar el básquet y vivir en paz.

EL RIVAL MENOS DESEADO

¿Qué sentiste al enfrentar a Quilmes cuando jugaste para San Martín?

– Fue muy difícil para mí. Creo que hice 3 puntos, no podía jugar. Sé que eran otros jugadores, otros directivos y otros técnicos… pero cuando vi a Quilmes perdí toda la energía que tenía. Estuve todos los días viendo el retorno a Once Unidos. Era una lucha para mí, porque era como jugar en contra de un hermano. Vos querés “matarlo”, porque esto es básquet. Pero yo pensaba: “¿Cómo haré cuando vaya a Once Unidos?”. Eso fue antes de mi salida del equipo. Si tenía que jugar en contra de Quilmes en Once Unidos, obviamente que lo hacía, pero Dios tiene un destino para todo y por algo salí del equipo. Creo que hay que sacar algo positivo de todo y lo bueno es que no tuve que jugar contra Quilmes en su casa. No quiero ni pensar en jugar contra toda esa gente. ¿Cómo puedo meter un triple contra ellos? Creo que no puedo. Lo que me pasó en Marcos Juárez nunca me pasó en la vida, porque yo siempre espero jugar contra mi ex equipo para “matarlo”. Pero esta vez me quedé pensando mucho. La gente de Quilmes fue a Marcos Juárez y me llevó una revista del hincha, justo cuando estaba preparándome para jugar en contra. Un pibe me dio la revista, con las palabras de amor de la gente, y me mató (Risas). ¡Hice tres puntos!

“CON MILTON O SIN MILTON, VAN A VOLVER”

-¿Cómo tomaste el descenso de Quilmes?

-Yo estuve desenchufado del básquet y alguien me mandó un mensaje diciendo que Quilmes estaba devuelta en el TNA. Me dolió porque yo sé el trabajo que nos costó subir a la A. Yo sé que no es fácil. Nunca pensé que Quilmes iba a volver al TNA. Pero ya está, hay que mirar al futuro y pensar en positivo. Yo tengo fe en que ellos van a subir con Maffei y con los chicos que hay en el equipo. Cuando escuché a la gente gritar que el equipo va a volver, yo también me levanté a cantar. Ese es un ejemplo de la hinchada que tiene Quilmes, porque en la mayoría de los equipos, cuando se van al descenso, todos se van y dejan el barco a la deriva. Pero estos chicos dicen: “No, vamos a volver a la A”. Ese es un ejemplo de la gente de Quilmes. Yo, como hincha número uno, sé que van a volver. Con Milton o sin Milton, van a volver. De eso no tengo dudas. Los directivos de Quilmes saben mucho de básquet y ya pasaron por este camino. Es algo conocido para ellos, entonces yo tengo fe y confianza. Los chicos son jóvenes para saber lo que pasa acá en Mar del Plata y la historia entre Peñarol y Quilmes. Pero yo veo que están dejando todo en la cancha y están jugando con corazón de campeón. Me da gusto verlos rompiéndose el culo y tirándose al piso. Esas son cosas de campeón. También me gusta cómo Maffei maneja el equipo. Él, cada vez que sale un jugador, le choca la mano. Y el apoyo del técnico es fundamental. Además, Sergio, Daniel y Papá Rigano van siempre a apoyar al vestuario, aún cuando el equipo pierde, para decir: “No pasa nada, vamos la próxima”. Eso es muy lindo para el que juega.

Por Ricardo Juan
rjuan@diarioelatlantico.com



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Comentarios

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  • Esta nota me lleno de emocion. Fue y sera un idolo para mi. Los momentos vividos junto a mis amigos del club quilmes por aquellos tiempos jamas los olvidare.
    Gracias Milton por tu humildad y tu carisma.
    Idolo por siempre!

  • Lo vi jugar a Milton todos lo años que estuvo en Quilmes, recuerdo que estaba con 2 de mis nietos, por J.B.Justo parados escuchando el partido, fué un griterío enorme en el auto cuando metío el triple, la gente que pasaba por la calle no entendía nada. Fuimos a buscar al equipo a Constitución y lo seguimos hasta Quilmes, una enorme alegría.
    Uno de mis nietos estaba en pre-infantil y siempre secaban con compañeros del equipo el piso de la cancha, por lo tanto a Milton lo tenía al alcance de la mano.
    Jamás vi un jugador con el movimiento pendular de sus piernas EN EL AIRE para tirar de 2 o de 3.
    UNICO MILTON, ESE TIRO TIENE NOMBRE Y APELLIDO

  • Muchachos, la nota a Milton fue excelente. No soy de Quilmes, pero me gusta el deporte y el basquet, y creo que debo reconocer el buen trabajo que hicieron. Felicitaciones y gran 2011 para ustedes.

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